Magdalena Prust

¿Qué demonios es un recuerdo…?

Del latín re-cordis, re “de nuevo”, y cordis “corazón”, la idea “de nuevo el corazón” era refinada por Eduardo Galeano en el prólogo de Las palabras andantes al insuflar al recuerdo la dinámica de la forma verbal: “Recordar” se convertía, entonces, en “volver a pasar por el corazón”. De la etimología a la poesía en menos de un paso, en ese soplo efímero que es casi todo, y a veces también la memoria.

Este 18 de noviembre se cumplen noventa y nueve años de la muerte en París de Marcel Proust, uno de esos autores literarios que trascienden sus propias historias y aportan un locus nuevo a una cultura. El sentido “proustiano” del tiempo, de la nostalgia y, sobre todo, de la memoria, quedó incrustado en la cultura occidental para siempre desde la publicación de los monumentales siete tomos de En busca del tiempo perdido (o A la búsqueda del tiempo perdido, según la traducción…), cumbre de la novela del siglo XX. En realidad, desde el primero de los siete libros, Por el camino de Swann, aparecido en 1913, el tropo proustiano construye, en este caso a través de la música, «una vía de acceso a lo sobrenatural, a un estado de comunión casi religiosa con la naturaleza trascendente del tiempo y de la experiencia individual». Esto nos lo explica Russell Lack a propósito de El gatopardo, la tremenda película de Luchino Visconti de 1963 sobre la obra de Lampedusa aparecida en 1957. Hay que aportar aquí muchas fechas para activar nuestros cerebros y echar unas sumas y restas antes de perdernos en la jenga de las referencias de la memoria.

Después de la sonata vendría la magdalena de Proust, y más o menos así se ha asentado, a través del rayo paralizante de un aroma de otro tiempo, el arquetipo del tiempo y la memoria de Proust en nuestra cultura. Otro tiempo que huele a otro mundo y, sobre todo, a otro yo en la propiocepción del sujeto que se encuentra de repente con ese viaje en el tiempo a través del olor de la magdalena. 

La nostalgia de la obra de Proust puede llegar a ser devastadora, y en ella el recuerdo es una llama entre las manos. La gran paradoja de la memoria emocional es esa, que no siempre estamos dispuestos a dejar de quemarnos al aferrarnos a una llama. Algo que ya no está pero que quema… ¿Qué demonios es un recuerdo…? 

Impregnada de esa nostalgia y de magia, Alice, la película de 1990 con la que Woody Allen inauguró su última gran década como cineasta -es así, tenemos que asumirlo-, se cierra con una duda en off que apela al espectador y le transmite, cual antorcha de las olimpiadas de la nostalgia, esa quemazón: 

“No sé si un recuerdo es algo que tengo, o algo que perdí”. 

De repente la memoria no es algo que nos lanza hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, sino hacia dentro o hacia fuera de nosotros. Así que no más fechas por ahora. Porque, además, Proust murió hace ahora noventa y nueve años, pero la magdalena sigue recién horneada por algún rincón de la casa.

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